10 de mayo de 2026

Rosita Molina, 35 años sirviendo con amor en el Hospital Isidro Ayora: la mujer que alimenta cuerpos y corazones

Desde 1992, Rosa “Rosita” Molina ha dedicado su vida al área de alimentación del Hospital Gineco Obstétrico Isidro Ayora, en Quito. Su historia no solo habla de servicio, sino de empatía, compromiso y humanidad en uno de los momentos más vulnerables de las pacientes.

Rosita Molina cumple 35 años de servicio en el área de alimentación del Hospital Gineco Obstétrico Isidro Ayora, en Quito.

En los pasillos del Hospital Gineco Obstétrico Isidro Ayora, en la ciudad de Quito, provincia de Pichincha, hay historias que no aparecen en los informes médicos ni en las estadísticas hospitalarias. Historias silenciosas que se construyen plato a plato, sonrisa a sonrisa. Una de ellas es la de doña Rosa Molina, a quien todos llaman con cariño Rosita.

Desde el 2 de marzo de 1992, Rosita ha caminado los mismos corredores con la misma convicción: servir con amor. Son 35 años de trabajo ininterrumpido en el área de alimentación, formando parte del servicio integral que el hospital brinda a sus pacientes. Su labor, aunque muchas veces discreta, es fundamental en el proceso de recuperación de mujeres que atraviesan momentos decisivos en sus vidas.

Rosita comenzó su trayectoria con un propósito claro: atender a los pacientes. Con el tiempo entendió que su trabajo iba mucho más allá de servir alimentos. Cada bandeja que entrega lleva también una palabra amable, una mirada comprensiva, un gesto que reconforta.

“Lo que más me gusta es atender a los pacientes”, dice con una sonrisa que no pierde frescura pese a los años. En su voz no hay cansancio, sino orgullo.

Con empatía y compromiso, Rosita acompaña a las pacientes en uno de los momentos más sensibles de sus vidas, brindando no solo alimento, sino también apoyo humano.

Más que alimentación: empatía en momentos difíciles

En un hospital gineco obstétrico, las emociones están a flor de piel. Hay nacimientos llenos de alegría, pero también diagnósticos difíciles, cirugías, incertidumbre. Muchas pacientes llegan desde otros hogares, desde otras ciudades, y se encuentran solas.

Rosita lo sabe bien.

“Vienen de otros hogares y aquí están solas. A veces conversan sobre su situación, y ser empática es fundamental”, recuerda. En esas conversaciones breves, mientras acomoda una bandeja o pregunta si la comida está a gusto, se teje un vínculo humano que marca la diferencia.

Su formación es la de auxiliar de enfermería, pero decidió quedarse en el servicio de alimentación porque encontró allí su verdadera vocación. “Soy auxiliar de enfermería, pero me quedé en este servicio porque siempre me gustó”, explica con sencillez. Nunca dejó de aprender, nunca dejó de perfeccionarse, pero sobre todo, nunca dejó de sentir.

A lo largo de estas tres décadas y media ha visto generaciones de compañeros ir y venir. “Tengo muchas amistades aquí. Algunas personas se han ido, pero siempre las recordaré con cariño”, comenta. Sus palabras revelan una vida entera construida entre turnos, madrugadas y jornadas intensas, pero también entre risas compartidas y apoyo mutuo.

Rosita habla del trabajo como quien habla de una misión. “Lo hago con amor; lo que se hace con amor no cansa”, afirma convencida. Y en esa frase resume una filosofía de vida.

Su historia demuestra que en un hospital no solo sanan los medicamentos y los procedimientos médicos. También sana la calidez de quien escucha, la paciencia de quien comprende y la dedicación de quien sirve sin esperar reconocimiento.

En medio del ritmo acelerado de la capital, Rosita Molina sigue llegando cada día con la misma disposición de hace 35 años. Para muchas pacientes, quizá sea solo quien entrega la comida. Pero para otras, en un momento de soledad, es el rostro amable que les recuerda que no están solas.

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